morir en una fiesta (sobre la matanza de Itaewon)


        Las tragedias no suelen ser fruto de una fatalidad, de fuerzas metafísicas misteriosas, aunque intenten que así lo creamos. 
        El 29 de octubre del 22, murieron aplastadas 152 personas en un callejón de Seúl. La mayoría eran jóvenes que acudían a una fiesta de Halloween. No hubo ningún incendio ni escape de gas, no fue un atentado. Todo fue consecuencia de una aglomeración excesiva en un callejón estrecho y en cuesta. Así te lo dicen y con eso te tienes que quedar, no quieren que te preguntes por qué pasan estas cosas en pleno mundo "civilizado", en el corazón de la cultura de lo competitivo, de la libertad individual, en países tan correctos y alineados con el supuesto lado bueno de la Historia.

Itaewon* es un barrio del centro de Seúl conocido por su carácter multicultural. Allí viven y trabajan gentes de todo el mundo. En aquel callejón perecieron varias personas procedentes de otros países, entre ellas cuatro iraníes.
No es fácil ser persona migrada en esta Corea, concretamente si no eres rubio y de ojos azules. O si, incluso siéndolo, tu documento dice Khabarovsk o Almaty en vez de New York o Berlín. Hay grupos de activistas locales que apoyan a lxs trabajadorxs migradxs, que frecuentemente sufren en sus precarios puesto de trabajo, en la vida social, ese racismo tan peculiar de Corea del Sur y otros países industrializados de Asia Oriental, donde el grupo arbitrariamente definido que practica el racismo no se sitúa a sí mismo en el puesto más alto de la escala supremacista, sino que coloca a otro, el de los blancos occidentales. Una lógica tipo "el blanco occidental está por encima de mí, me puede pisotear, pero yo puedo pisotear a todos los demás."**

De noche, Itaewon es una zona de bares, de neones. Por sus calles pasé muchas noches durante una etapa en Seúl, allí se urdieron encuentros inesperados,  complicidades improbables con seres tan erráticos como yo mismx, artistas callejeros que han hecho de aquel su hogar, gentes que buscan olvido en los recovecos de la noche.
Una de sus calles es el núcleo del ambiente lgtbiq+ en Seúl. Hablé con gente de distintos países que había llegado allí buscando un entorno más abierto que en sus países donde vivir su sexualidad. Es algo muy común en Corea que las cosas más reprimidas y negadas por la moral confuciana y evangélica imperante conozcan amplios espacios -más que en otros países- por detrás de las fachadas y los carteles de esa Corea monótona y monocroma que se vende al mundo, la del K-pop, los dramas y la competitividad. 
La zona lgtbiq+ de Itaewon fue aún más demonizada al comienzo del covid por haber sido foco de un contagio. 

Pero también son parte del barrio algunos fenómenos sórdidos y mutuamente inseparables: la presencia militar estadounidense, la prostitución, las drogas. Con el tiempo llega a resultar parte del paisaje nocturno de Itaewon, pero, para el recién llegado, resulta muy impactante ver cualquier noche de fin de semana grupos de militares gringos, con sus colores de camuflaje, patrullando las calles, entrando a inspeccionar los bares, campando como si estuvieran en cualquier ciudad de los eeuu y, tras ellos, siguiéndolos a todas partes, los efectivos locales, militares y policías coreanos cuya posición en la comitiva deja claro cuál es la correlación jerárquica entre metrópoli y colonia. Resulta toda una metáfora del neocolonialismo norteamericano en Asia. A cien metros de los bares,  la base del distrito de Yongsan (Monte del Dragón): una amplia zona del centro de Seúl que pertenece directamente al país norteamericano, como lo indican los intimidantes carteles, los altos e infranqueables muros, una fortaleza inexpugnable para la propia población local. 

Quizás por sus contradicciones, por ese mosaico de auras de tan distinto signo que allí confluyen, hace tiempo que quería escribir algo sobre Itaewon. Pero, después de lo ocurrido, no quedan ni fuerzas ni motivos para escribir. 

Solo intentar contribuir a romper ese relato oficial de la tragedia inevitable compartiendo los datos de medios un poco menos mainstream, según los cuales tanto el gobierno de Seúl como el surcoreano, de carácter marcadamente ultraderechista, eluden toda responsabilidad sobre la seguridad de sus ciudadanos y culpan de lo ocurrido a la policía, intentan centrar la atención del público en fallos y negligencias puntuales cuando, aquella noche, en que se esperaba la afluencia de cientos de miles de personas por la celebración de Halloween, solo había desplegados 147 agentes en toda la zona. Los demás efectivos se encontraban custodiando la residencia del presidente del país, pero protegiéndola ¿de qué? De los participantes en protestas ciudadanas contra el propio gobierno, de esas, ya célebres en el país, a las que acuden familias con niñxs y ancianxs y cuya imagen característica es la de las grandes avenidas de Seúl consteladas de velas hechas con vasos de plástico. Esa era la supuesta amenaza debido a la cual no quedaba policía para evitar que 152 jóvenes murieran aplastados en un callejón. Mientras, las mismas autoridades no paran de apuntar al norte, de señalar a la otra mitad del país como la supuesta responsable de todos los males y amenazas. Que sus hijos salgan una noche para divertirse y no regresen vivos a casa, que un viaje de fin de curso en 2014 acabe con 304 niños ahogados en el mar -y sus familias perseguidas por otra administración abiertamente fascista, la de Park Geunhee, que bloqueó la investigación del naufragio para tapar intereses oscuros- mientras todo el mundo está pendiente de los misiles del Norte, son pérdidas inevitables. Hay que tragar con ello, pasar página sin más y esperar a la próxima masacre en un país donde se sigue persiguiendo toda militancia política de izquierdas a través de la macartista Ley de Seguridad Nacional, donde el servicio militar sigue siendo obligatorio y se lleva por delante la vida de tantos jóvenes por defender los intereses de un imperio tan gris y lejano, una Corea con la tasa de suicidio más alta de la ocde, en gran parte también de jóvenes que no soportan la presión competitiva por acceder a una universidad de prestigio, el país de las tasas académicas inalcanzables para la mayor parte de las familias, que se tienen que empeñar para mandar a sus hijos a estudiar fuera, ese paraíso neoliberal de la precariedad en el trabajo, un milagro económico hecho de lágrimas y sangre. 
Cuánto pide a sus jóvenes esta Corea de la gente guapa y las luces estridentes y qué poco ofrece, ni siquiera protección ante una muerte absurda. Eso sí, en pocos lugares vas a encontrar tantas opciones para el ocio y el consumo. Para los pocos que pueden pagarlas. 

Con el paso de los días, van desapareciendo de los diarios, de la televisión, las flores, los homenajes, las fotos. El barrio seguirá madrugando. El amigo de los cuatro iraníes muertos seguirá abriendo su negocio todas las mañanas para salir adelante. Por las noches, seguirán patrullando los soldados americanos, seguidos por los efectivos locales protegiendo la base con uñas y dientes, seguirán las drogas y los locales de luces rojas donde mujeres jóvenes venden sus cuerpos para poder pagar la universidad o poder enviar una remesa a su país de origen. Todo eso seguirá, no así ciento cincuenta y dos vidas que se vieron truncadas una noche de fiesta en Seúl, ciento cincuenta y dos familias para quienes el tiempo se detuvo en un callejón mientras se preguntan qué está dispuesto a hacer por ellos aquel país. 



* Pronunciado /Iteuón/. La transcripción oficial, Itaewon, sigue la fonética inglesa, oficial en Corea del Sur independientemente de cuál sea la lengua a la cual se transcribe.


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