Día a día en el campamento espacial (1/6)
Día a día en el campamento espacial relato de ciencia ficción juvenil de Om Hosam 엄호삼 publicado en la revista Adong Munhak, Pyongyang, 2018 parte 1/6
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Cuando la posibilidad de hacer un viaje espacial, que en su infancia parecía cosa de los sueños, se desplegó como realidad ante sus ojos, el entusiasmo embargó por completo el corazón de Yong Nam. Durante las vacaciones de verano, participaría con sus compañeros de curso en un campamento espacial. No solo podrían conocer la estación y las fábricas espaciales construidas por los pioneros de la conquista del Universo, sino que también llevarían a cabo su propia exploración.
Tanto se llenó de júbilo el corazón de todos los compañeros de curso al oír aquella noticia que llegaron a patear el suelo de la emoción. Y qué decir, entre ellos, de Yong Nam, Chol Ho y Yun Chol, cuyos padres eran astronautas. Eran sucesores de los pioneros espaciales que, venciendo a las calamidades de la década de 1990, hicieron exitoso el lanzamiento de satélites de nuestro país, jóvenes que crecieron escuchando, como si de viejos proverbios se tratara, la historia de cómo nuestro país, sustentándose en una sólida economía autónoma, se erigió al fin en una potencia espacial envidiada por el mundo entero. Además, los tres chicos vivían en las residencias conocidas como Astronautas, viviendas ubicadas en torres de 70 pisos. Con diferentes personalidades y aficiones, siempre crecieron pegados como tres gemelos. Pero esta vez iban a viajar y ver directamente a sus padres, que pasaban varios meses del año trabajando en el espacio. La idea de poder ver en realidad a nuestros científicos espaciales, en su tarea de progresiva conquista de la inmensidad del Universo, les hacía sentir henchidos de ilusión.
Y llegó, al fin, el día de su partida al campamento espacial. A las 8 de la mañana, la nave, con sus protagonistas a bordo, se alzó desde la estación de lanzamiento del Mar de Poniente. No habían pasado diez minutos desde el lanzamiento cuando el transbordador salió de la atmósfera. Aún les quedaban unas dos horas para llegar a la estación espacial, situada a treinta mil kilómetros de la Tierra. Gracias al nuevo desarrollo de la nave, no experimentaron, en absoluto, la sensación de sobrepeso en el cuerpo que habían previsto para esta transición. Cuando entró en sus ojos la hermosa panorámica de la Tierra, la excitación de Yong Nam se mezcló con cierta sensación de temor al pensar en el espacio infinito.
Entonces, el profesor líder del grupo de jóvenes les contó con detalle el programa previsto para el tiempo que duraría el campamento espacial:
- ... y, durante el campamento, junto a la observación de la fábrica espacial, está prevista una exploración lunar de seis días.
- ¡Madre mía!
- ¡Genial!
- Al llegar a la estación espacial, me informarán todos los camaradas de qué manera y procedimiento será más adecuado para la observación de la Luna.
- ¿Tú cómo has pensado hacerlo?-preguntó Yong Nam a Chol Ho, sentado junto a él.
- Pues no sé, supongo que yendo a la Luna.
La respuesta de Chol Ho, de frente ancha y rostro redondeado, no parecía muy elaborada. A continuación, se quedó contemplando su buen amigo Yong Nam y preguntándose si estaría teniendo alguna idea nueva. Para Chol Ho, de movimientos más lentos y mayor volumen corporal, era muy importante saber qué estaba pensando Yong Nam, que, de frente prominente y mirada aguda, siempre sorprendía a sus camaradas con ideas brillantes, y que ahora miraba por la ventana sin que nadie supiera qué barruntaba.
Yong Nam vio cómo la nave lanzaba una red para eliminar un asteroide que había aparecido ante ellos. Se preguntó de qué planeta se habría desprendido aquel objeto errante. Según había oído explicar a su padre, astronauta, los asteroides y la basura espacial eran peligrosos porque podían destruir las naves y las fábricas espaciales. Ahora, observaba con mucha atención las tareas de la nave.
De pronto, tomó forma en su mente una atractiva idea: “Un momento, los satélites que lanzó mi abuelo también estarán dando vueltas por el espacio sideral…”
Aquellos satélites artificiales ya habían cumplido su misión, pero para Yong Nam seguían siendo valiosos. Eran los satélites del cohete Kwang Myong Song, producidos y lanzados en tiempos tan difíciles con la fuerza y los recursos propios de nuestro país, que se mostró al mundo como una potencia capaz de producir satélites y ponerlos en órbita. Algo no podía tratarse como basura espacial. Eran vestigios históricos, había que encontrarlos y preservarlos bien. Y, para ello, lo primero era…Varios métodos tomaron forma enseguida en la mente de Yong Nam. Para introducir sus ideas en la tablet, que llevaba en una maleta, se soltó el cinturón de seguridad. Al instante, su cuerpo quedó flotando en el vacío y, como quien cae al agua, comenzó a agitar los brazos. Había olvidado que la nave, al salir de la atmósfera, se encontraba en situación de gravedad cero, lo que impedía la libertad de movimientos. A pesar de su cuerpo robusto, fortalecido en los entrenamientos físicos cotidianos, y de su buena cinestesia, poco podía hacer en condiciones de gravedad cero.
La emergencia hizo brotar de su boca un quejido inconsciente. Presa del sobresalto, Chol Ho y Yun Chol, que estaban sentados junto a él, gritaron también: “¡Yong Nam!” y se apresuraron a agarrarlo de la ropa. También el profesor, al ver la escena, exclamó: “¡Yong Nam, abróchese el cinturón, rápido!”. Su rostro, siempre tan afable, quedó en un instante blanco como una hoja de papel.
De no ser por la ayuda de sus camaradas, Yong Nam habría quedado flotando por encima de sus cabezas y se habrían visto en dificultades. Continúa en 2/6**
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